Aranda y la Ribera

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3.1. El Duero

Articula la comarca de este a oeste, dotando de singularidad a su paisaje, fauna, flora y clima.

Este gran río se adentra en las tierras burgalesas sosegándose, ampliando su curso y formando una amplia vega en la que destaca un sinuoso meandro a la altura de Vadocondes. Recorre suaves campiñas cubiertas de viñedos o tierras sembradas de cereales y modela un territorio rico en espacios abiertos con cerros, páramos y valles a través de sus afluentes, protagonistas también de esta tierra: el Arandilla, el Esgueva, el Bañuelos, el Riaza, el Aranzuelo y el Gromejón.

Un río como el Duero tiene mucho que decir de la historia y el carácter de las gentes que viven en sus márgenes, sobre todo porque es en los territorios dominados por el Duero donde se forja en la Edad Media la lengua castellana. Tal vez es por eso que tantos lugares de la Ribera le deben su nombre.

Es también por ello que ha sido, desde hace siglos, motivo de inspiración para numerosos escritores. Elocuente testimonio de ello lo encontramos en la obra de Gerardo Diego y, sobre todo, en la de Miguel de Unamuno quien le otorga la condición de "Padre" de Castilla y León.

A lo largo del tiempo, sus aguas han sido demandadas por la población para diferentes fines. A la tradicional pesca se fueron sumando las actividades económicas, como la agricultura de regadío, la ganadería o la industria y, más recientemente, el turismo.

También han ido variando sus funciones. Así, a su carácter de límite, vigente a principios del Medievo, se fue sumando la necesidad de potenciar las comunicaciones y, con ello, el deseo de cruzar su curso que llevó a efectuar numerosos puentes. Muchas fueron las obras realizadas por los romanos, los hombres medievales o de la Edad Moderna y de todos quedan huellas en estas construcciones que, después de múltiples reformas, nos siguen siendo útiles en la actualidad.

Sus aguas han generado constantes peligros, por las frecuentes y devastadoras avenidas, pero su fuerza también supo aprovecharse para mover molinos y aceñas que fueron poblando sus orillas.

Ya en el siglo XVI se vivió el sueño de construir canales que regaran estas tierras y las hicieran aún más fértiles, aunque no será hasta 1900 cuando esta aspiración comience a hacerse realidad.

Mucho antes, el Duero había adquirido nuevos matices al ser considerado fuente de valores estéticos. De ahí que, desde finales del siglo XV, las construcciones próximas a sus orillas comienzan a abrirse con galerías y miradores para disfrutar de hermosas vistas y evocadoras imágenes.