Aranda y la Ribera

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4.3. Pequeños grandes placeres

La morcilla de Aranda es una conocida variedad de la morcilla de Burgos y como tal se compone de cebolla Horcal, autóctona de la zona y que aporta un toque dulzón, manteca, sal, sangre, arroz y especias. La combinación de estas últimas es lo que la caracteriza frente a la de Burgos ya que se utiliza comino, pimienta negra y una pizquita de canela.

Además, a diferencia de la morcilla de Burgos, la de Aranda pasa por dos cocciones, una antes del embute y otra después, consiguiendo con esta última que "repita menos".

Junto con el chorizo y el queso de oveja (adherido a la Marca de Garantía “Quesos Región del Duero”), estos son los entrantes por antonomasia en la región, apreciados por todo tipo de visitantes y consumidos en cualquier ocasión, si bien son platos fuertes más adecuados para disfrutar de día.

Notable y característica es, también, la Torta de Aranda, cuya calidad la hace merecedora de su propia marca de excelencia.

Hay quienes aseguran que nació con una función de termómetro y no de consumo. Era un trozo de masa que se adhería al techo del horno para medir la temperatura. Para que no se pegara tanto, se le daba una capa de aceite. Y en lugar de tirarlo, se comenzó a comer, hasta llegar al producto que hoy tanto enorgullece a los ribereños.

Y para dejar buen sabor de boca, nada mejor que acabar con un postre, como el hojaldre relleno de crema, ideal para después del lechazo asado, o las pastas típicas de más de medio siglo de tradición. Las delicadas yemas y los empiñonados de Pastelería Tudanca, contundentes y crujientes, hechos a partir de huevo, azúcar y piñones, son perfectos para acompañar el café de la tarde.

Para regalar, sagrado consejo es comprar los dulces del Santuario de San Pedro Regalado y el Monasterio de Caleruega.