Aranda y la Ribera

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1.1. Su imagen

La imagen de Aranda ha ido evolucionando a lo largo de los siglos, siempre vinculada al Duero, aunque con matices diferentes. Su origen debe relacionarse con la posibilidad de cruzar su curso y con la necesidad de defender su paso. Tan estratégica función es la que gestó el desarrollo de la población.

Su crecimiento permitió al caserío acercarse a sus orillas. Por ello sufrieron la fuerza de unas aguas aprovechadas, también, con fines económicos para mover aceñas y molinos. Ya en la segunda mitad del siglo XV comienzan a valorarse las vistas sobre el Duero, lo que se tradujo en la construcción de viviendas con galerías abiertas hacia sus márgenes. Mientras, la expansión urbana favoreció la existencia al sur del río de un barrio donde fueron erigidos emblemáticos edificios en el Renacimiento.

El Duero se había convertido en componente básico de la vida urbana arandina. Y así lo manifiestan los viajeros para quienes la villa está inmersa en un fértil contexto natural dinamizado por su situación. El Barroco reelaboró esta imagen, transformando los antiguos perfiles defensivos del Medievo en elegantes chapiteles de pizarra, hitos de referencia en la lejanía y guías de los recorridos procesionales.

A fines del XVIII, la Ilustración destacó la excepcional calidad de un entorno donde fueron trazados amenos paseos. Todo ello sería apreciado por el romántico siglo XIX, para el que Aranda fue un oasis rodeado de una amable naturaleza y una privilegiada posición.

Poco a poco, ganaron fuerza las posibilidades económicas de un núcleo con un envidiable emplazamiento en la red viaria. No obstante, nunca se olvidó el componente que había definido su esencia y al que había ido ligada su vida. De este modo, el Duero es parte ineludible de los arandinos y fuente de goce para todos los que disfrutan de esta villa.